54 CANADA ATLANTICO -ALTAIR REVISTA (2ª EPOCA)
QUEBEC/NUEVA ESCOCIA/NEW BRUNSWICK/PRINCE EDWARD/TERRANOVA Y LAB

54 CANADA ATLANTICO -ALTAIR REVISTA (2ª EPOCA)
Ficha Técnica
Editorial:
ALTAIR REVISTA,S.L.
Año de edición:
Materia
REVISTAS
EAN:
9789200144363
Páginas:
162
Disponibilidad:
En stock
Colección:
SEGONA EPOCA
Idioma:
CASTELLA

5,95 €
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MUCHO MÁS QUE NATURALEZA SALVAJE

Viajamos para descubrir y, también, para reconocer. Para contemplar esos escenarios y formas de vida que, un día, a través de películas, fotografías o relatos, llenaron de exaltación nuestra rutina cotidiana. Viajamos, a menudo, en busca de mitos —personales o colectivos—, y lo hacemos de la mano de esas miradas previas que nos desvelaron los destinos y nos impulsaron a desearlos. Por eso, el Canadá atlántico transmite cierta indefensión al viajero, desvalido ante la ausencia de referencias: nos faltan tópicos. Como consecuencia, cuando imaginamos esa región, a menudo recurrimos a lugares comunes para el conjunto del país: frondosos bosques vírgenes, innumerables y caudalosos ríos, costas acantiladas, fauna de otro mundo... Todo eso existe, y en abundancia, en los territorios que aborda este monográfico. Pero, además, debido a su condición de acceso natural a América del Norte para quienes acudían desde buena parte de Europa, fueron un escenario de encuentro, conflicto y acuerdo a lo largo los cinco últimos siglos. Durante este tiempo, el Canadá atlántico sufrió guerras de blancos contra indios, de franceses contra ingleses, transmigraciones forzadas… Fruto de tan atormentada historia, el sudeste de Canadá conserva una provincia francófona, Quebec, aislada en un universo anglófono. Para algunos quebequenses, su encaje en Canadá es insatisfactorio. En cualquier caso, condiciona una separación mental con las provincias más orientales, cuyos habitantes viven de espaldas a Quebec, ajenos a sus reivindicaciones. Simultáneamente, otras dos formas de percibir el mundo coexisten en la región. La economía productiva y la explotación intensiva del territorio se concentran en torno al valle del río San Lorenzo y en la fachada oriental. El interior y el norte, en cambio, permanecen como áreas de pesca, caza y pastoreo para las primeras naciones (indios) y el pueblo inuit (esquimales). No son universos incomunicados. Por una parte, empresas y gobiernos anhelan las riquezas naturales de las comunidades tradicionales. Por otra, muchos jóvenes indios e inuit acuden a las universidades, conscientes de que su formación es la única garantía de supervivencia cultural para sus pueblos. Estas son algunas realidades que aguardan al viajero: naturaleza a raudales y una apasionante complejidad social. Valga este monográfico como anticipo de un viaje superlativo.

Viajamos para descubrir y, también, para reconocer. Para contemplar esos escenarios y formas de vida que, un día, a través de películas, fotografías o relatos, llenaron de exaltación nuestra rutina cotidiana. Viajamos, a menudo, en busca de mitos —personales o colectivos—, y lo hacemos de la mano de esas miradas previas que nos desvelaron los destinos y nos impulsaron a desearlos. Por eso, el Canadá atlántico transmite cierta indefensión al viajero, desvalido ante la ausencia de referencias: nos faltan tópicos. Como consecuencia, cuando imaginamos esa región, a menudo recurrimos a lugares comunes para el conjunto del país: frondosos bosques vírgenes, innumerables y caudalosos ríos, costas acantiladas, fauna de otro mundo... Todo eso existe, y en abundancia, en los territorios que aborda este monográfico. Pero, además, debido a su condición de acceso natural a América del Norte para quienes acudían desde buena parte de Europa, fueron un escenario de encuentro, conflicto y acuerdo a lo largo los cinco últimos siglos. Durante este tiempo, el Canadá atlántico sufrió guerras de blancos contra indios, de franceses contra ingleses, transmigraciones forzadas… Fruto de tan atormentada historia, el sudeste de Canadá conserva una provincia francófona, Quebec, aislada en un universo anglófono. Para algunos quebequenses, su encaje en Canadá es insatisfactorio. En cualquier caso, condiciona una separación mental con las provincias más orientales, cuyos habitantes viven de espaldas a Quebec, ajenos a sus reivindicaciones. Simultáneamente, otras dos formas de percibir el mundo coexisten en la región. La economía productiva y la explotación intensiva del territorio se concentran en torno al valle del río San Lorenzo y en la fachada oriental. El interior y el norte, en cambio, permanecen como áreas de pesca, caza y pastoreo para las primeras naciones (indios) y el pueblo inuit (esquimales). No son universos incomunicados. Por una parte, empresas y gobiernos anhelan las riquezas naturales de las comunidades tradicionales. Por otra, muchos jóvenes indios e inuit acuden a las universidades, conscientes de que su formación es la única garantía de supervivencia cultural para sus pueblos. Estas son algunas realidades que aguardan al viajero: naturaleza a raudales y una apasionante complejidad social. Valga este monográ?co como anticipo de un viaje superlativo.

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